Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana

Obra de J. C. Mariátegui, que  tuvo mucha influencia  en el conocimiento profundo de nuestra patria. Desde su aparición hasta nuestros días, es una de las obras más leídas. En este libro, el autor expresa su anhelo de contribuir a la creación del Socialismo Peruano.

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La obra de Mariátegui está dividida en siete capítulos que  se resumen  a continuación:

1) ESQUEMA DE LA EVOLUCIÓN ECONÓMICA:

En este ensayo analiza el proceso socio-económico peruano partiendo de la economía colonial a la que percibe como una compulsiva escisión histórica que tuerce antinaturalmente la espontánea y fecunda economía incaica. El incario desarrolló una economía socialista, el trabajo colectivo tenía un carácter agrario, con fines sociales en su realización. La economía feudal implantada por los conquistadores resulta ajena al devenir histórico de estos pueblos, iniciándose una dualidad entre lo oficial impuesto y lo natural indígena negado. La colonia utilizó el trabajo colectivo como trabajo forzado en las minas, descuidando el agro y las obras de carácter público. El esquema virreinal sofrena las inquietudes comerciales de las colonias; la independencia surge como una respuesta a las necesidades del desarrollo capitalista de la civilización occidental. La República no logra articular la escisión producida por la conquista. La dependencia con el capital extranjero no cede ni siquiera ante la aparición de nuevos rubros de riquezas naturales; por el contrario, con ello se ahonda el carácter centralista, costeño y dependiente de la economía peruana.

2) EL PROBLEMA DEI INDIO:

El indio constituye para Mariátegui  la célula elemental de la Patria. Devolverle su autoridad y posibilidades implica devolvérselas a la nación.

Mariátegui concibe el problema del indio no como un asunto racial, administrativo, jurídico, educativo o eclesiástico, sino como un problema sustancialmente económico cuyo origen está en el injusto régimen de propiedad de la tierra, en el gamonalismo; mientras subsista esta forma de propiedad todo intento por solucionar el problema del indio quedará disuelto en el estéril denuncia lírica o en la prédica oportunista e inconsciente. Terminar con el gamonalismo, con la feudalidad, significa de- volver más que tierras; significará para la raza desposeída su rendición histórica, la recuperación de su esencialidad moral y su auténtica integración a la vida nacional. «La solución del problema del indio tiene que ser una solución social. Sus realizadores deben ser los propios indios.

3) El PROBLEMA DE LA TIERRA:

En este capítulo Mariátegui nos dice que la tierra fue primitivamente comunitaria, y que el conquistador introdujo el feudalismo, el cual bajo la forma de gamonalismo y el latifundio, continúa hasta hoy, interrumpiendo el ritmo del progreso nacional.

En este  ensayo el autor  analiza el proceso socio-económico peruano partiendo de la economía colonial  la que percibe como una compulsiva escisión histórica que tuerce antinaturalmente la espontánea y fecunda economía incaica hasta la época republicana. El incanato  desarrolló una economía socialista, el trabajo colectivo tenía un carácter agrario, con fines sociales en su realización.

Mariátegui estudia la cuestión agraria unida ineludiblemente a la del indio, reivindicando el derecho de éste a la tierra, para lo cual era necesario sacarlo del estado de servidumbre que suponía el feudalismo de los gamonales. Luego, muestra cómo el colonialismo que destruyó y aniquiló la economía incaica de tipo “comunista”, no supo reemplazarla más que con el feudalismo.

El latifundio de la costa se diferenciaba del latifundio serrano; el costeño evolucionó hacia modos y técnicas capitalistas, en tanto que el de la sierra conservó íntegramente su carácter feudal, resistiendo a la transformación industrial y capitalista; aún así no logró destruir la comunidad indígena. El latifundio costeño cada vez más ligado al capital extranjero prefirió desplazar los tradicionales cultivos alimenticios por el cultivo de algodón de exportación, generando un círculo vicioso de importación de alimentos y exportación de materias primas.

4)EL PROCESO DE LA INSTRUCCIÓN PÚBLICA:

Mariátegui maneja con inteligencia y precisión los pocos instrumentos que tuvo a su alcance, en especial, las tesis, trabajos y discursos de Manuel Vicente Villarán, Alejandro O. Deustua, Javier Prado.

Lo analiza estrechamente ligado al económico-social, como no podía ser de otro modo. Reconoce y analiza las tres influencias en la educación peruana: la española, la francesa y la norteamericana, estas dos últimas injertadas en la primera. La educación en la colonia tuvo «un sentido aristocrático y un concepto eclesiástico y literario de la enseñanza», en otras palabras, una educación elitista y escolástica. El desprecio por el trabajo, por las actividades productivas fue alentado por los claustros universitarios incluso luego de producida la independencia. La República, que heredó las estructuras coloniales, buscó luego el modelo de la reforma francesa, ya en las postrimerías del siglo XIX. Hasta que la reforma de la segunda enseñanza de 1902, empezó a reflejar la influencia creciente del modelo anglosajón: sería el primer paso para adoptar el sistema norteamericano, coherente con el embrionario desarrollo capitalista del país. Preconizador del modelo yanqui fue el Dr. Manuel Vicente Villarán, cuyas prédicas triunfaron con la reforma educativa de 1920, por ley orgánica de enseñanza dada ese año, pero como no era posible, según Mariátegui «democratizar la enseñanza de un país, sin democratizar su economía, y sin democratizar, por ende, su superestructura política» la reforma del 20 devino en fracaso.

La reforma universitaria merece también la atención de Mariátegui. Hasta el Perú alcanzaron los movimientos reformistas que se iniciaron en Córdoba, en el año 1918, producto de la «recia marejada post-bélica», aunque en ese país, en un principio, la ideología del movimiento estudiantil careció de homogeneidad y autonomía. Los estudiantes de América, querían sacudir el medioevalismo también de sus casas de estudio. Sus reclamos se basan en la necesidad de que los estudiantes intervengan en el gobierno de las universidades y el funcionamiento de cátedras libres, al lado de las oficiales, cátedras de limpios y nuevos conocimientos. En una palabra, querían que la Universidad dejara de ser un órgano de casta, cesara ese divorcio entre su función y la realidad nacional y tomara el verdadero rumbo que le era asignado. Con relación a este problema, Mariátegui nos hace un extenso estudio sobre la reforma en el Perú y la reacción en su contra, las ideologías que intervinieron en esta pugna: los conceptos civilistas burgueses de Villarán, el aristocratismo idealista de Deustua, etc. Para Mariátegui, «el problema de la enseñanza no puede ser bien comprendido en nuestro tiempo —dice— si no es considerado como un problema económico y como un problema social. El error de muchos reformadores ha estado en su método abstractamente idealista, en su doctrina exclusivamente pedagógica». No se puede desconocer la ingerencia del factor económico en la estructuración de planes y programas de enseñanza, en todos los tiempos.

El Amauta se pronuncia contra la educación verbalista sin decidirse a una de orden técnico y unilateral como no podía ser.

5) REGIONALISMO Y CENTRALISMO:

Este problema, en cierto modo, viene vertebrando todos los demás. Aunque reconoce que existe, sobre todo en el sur peruano, un sentimiento regionalista, dicho regionalismo no parece ser más que «una expresión vaga de un malestar y un descontento». En realidad, el problema se plantea entre Centralismo y Federalismo. El Centralismo se apoya en el caciquismo y gamonalismo regionales (dispuestos, no obstante, a reclamarse federalistas de acuerdo a las circunstancias), mientras que el Federalismo recluta sus adeptos entre los caciques y gamonales en desgracia ante el poder central. Ciertamente, uno de los vicios de la organización política del Perú es y sigue siendo su centralismo. Pero entiende Mariátegui que toda descentralización que no se dirija a solucionar el problema agrario y la cuestión indígena, «no merece ya ni siquiera ser discutida», porque, advierte, no es este problema meramente político, ni desde este solo punto de vista ella alcanzaría para solucionar los problemas esenciales. Por otra parte es difícil definir y demarcar en el Perú regiones existentes históricamente como tales. No obstante Mariátegui estudia las tres regiones físicas: la Costa, la Sierra y la Montaña (que no significan regiones en cuanto a la realidad social y económica), afirmándonos que la Montaña carece aún de significación socio-económica; en cambio, «la actual peruanidad se ha sedimentado en tierra baja» o Costa, y la Sierra es el refugio del indigenismo.

«Las formas de descentralización ensayadas en la historia de la República, han adolecido del vicio original de representar una concepción y un diseño absolutamente centralistas», dice Mariátegui, y como la descentralización a que aspira el regionalismo, no es legislativa sino administrativa, el problema ha permanecido en pie. ¿Qué opina Mariátegui sobre la descentralización? Primero, clarificar el propio concepto del regionalismo, para evitar el gamonalismo regional. Luego una definitiva opción entre el gamonal o el indio: «no existe un tercer camino». Porque, lo más cierto es que «ninguna reforma que robustezca al gamonal contra el indio, por mucho que aparezca como una satisfacción del sentimiento regionalista, puede ser estimada como una reforma buena y justa». También estudia el problema de la capital, concerniente a todas las capitales de América, y sostiene que la suerte de Lima está subordinada a los grandes cambios políticos, como enseña la historia de Europa y la propia América.

6) EL FACTOR RELIGIOSO:

La religión incaica fue un código moral antes que un conjunto de abstracciones metafísicas. Su iglesia (por llamarla de algún modo) fue una institución social y política, cuyo culto estaba subordinado a los intereses sociales y políticos del imperio; la iglesia era el estado mismo. Es lo que se llama Teocracia. Producida la conquista, se impuso el culto católico más que la prédica del evangelio, de modo que el culto pagano de la religión incaica subsistió bajo el culto católico, fenómeno al que se conoce como sincretismo religioso. El rol de la iglesia católica durante el virreinato fue de aval del estado feudal y semifeudal instituido. Si bien es cierto que hubo choques entre el poder civil y el eclesiástico, éstos no tuvieron ningún fondo doctrinal, sino que fueron meras querellas domésticas. Con el advenimiento de la República no hubo cambio en tal sentido. La revolución de la Independencia, del mismo modo que no tocó los privilegios feudales, tampoco lo hizo con los eclesiásticos. El radicalismo gonzalez-pradista surgido a fines del siglo XIX constituyó la primera agitación anticlerical surgida en el Perú, pero careció de eficacia por no haber aportado un programa económico-social. De acuerdo a la tesis socialista, las formas eclesiásticas y doctrinas religiosas son peculiares e inherentes al régimen económico-social que las sostiene y produce, y por tanto, su preocupación es cambiar ésta y no aquellas.¿

7) EL PROCESO DE LA LITERATURA:

La primera etapa de la literatura peruana no podía eludir la suerte que imponía su origen. La literatura de los españoles de la colonia no es peruana; es española.”

Mariátegui recurre a una clasificación un tanto elemental y bastante discutible. Divide las letras peruanas en los periodos colonial, cosmopolita y nacional. No presta atención a la intensa producción subyacente y erguida do origenindio.

Quizá por reflejar predicciones demasiado subjetivas y alejadas del rigor objetivo de la crítica marxista, en la reedición de 1934 (hecha por los familiares del autor), se eliminó este capítulo.

En éste su último ensayo, Mariátegui renuncia a ser un crítico imparcial: «Declaro sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones e ideas políticas …». Desde su punto de vista analiza la literatura de la Colonia, «de irrenunciable filiación española», en espíritu y sentimientos, y este colonialismo mental supervive al Virreinato, dando como resultado una literatura mediocre por falta de raíces propias, no habiendo podido «eludir la suerte que le imponía su origen». Explica las razones socio-económicas por qué ha subsistido ese colonialismo literario, y agrega: «el literato peruano no ha sabido casi nunca sentirse vinculado al Pueblo». Aunque destaca en Garcilaso, más Inca que conquistador, el primer destello de “peruanidad”, y rescata a Ricardo Palma y a sus

Tradiciones de las pretensiones del colonialismo, pues estas Tradiciones tienen «política y socialmente una filiación democrática». Hay que esperar hasta la llegada de González Prada para ver anunciada la posibilidad de una auténtica literatura peruana. González Prada significa la ruptura con el virreinato; uno de los últimos reductos del colonialismo intelectual es la universidad, de allí emerge la «generación futurista». En tales circunstancias el Movimiento Colónida, encabezado por Valdelomar, surge como una insurrección, como una actitud antiacadémica reclamando sinceridad y naturalismo, esa sinceridad que no se encuentra en los versos de José Santos Chocano por su excesiva egolatría pero que si aparece en los ensoñados versos de José María Eguren.

Son también analizados por Mariátegui: Mariano Melgar, Magda Portal (a quien llamó la primera poetisa del Perú), Alberto Guillén, Alberto Hidalgo y César Vallejo de quien dice es el poeta de una estirpe, de una raza, creador absoluto, nostálgico pero no retrospectivo. «No añora el imperio como el pasadismo perricholesco añora el virreinato. Su nostalgia es una propuesta sentimental o una protesta metafísica. Nostalgia de exilio; nostalgia de ausencia».

Y, finalmente, analiza las corrientes de su actualidad, en especial la indigenista, que llena una función histórica en la sociología peruana en evolución y cuyo más amplio sentido lo lleva a consubstanciarse con «la reivindicación de lo autóctono», que, no obstante, no paraliza los otros elementos vitales de la literatura peruana. Y es literatura “indigenista” y no “indígena” —aclara Mariátegui— porque aún no puede dar una versión verista del indio, sino que tiene «que idealizarlo y estilizarlo. Tampoco puede darnos su propia ánima. Es todavía una literatura de mestizos …» Mariátegui confía en la suerte del mestizaje, el que debe ser analizado como cuestión sociológica, no étnica.

Fuente: Universidad Peruana del Centro.

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